Un chico alto, delgado, joven y apuesto, que decía que era príncipe, pero que ni su ropa lo afirmaba, escuchó un grito desde aquella torre, si, en aquella torre, donde vivía una chica hermosa y muy elegante. El chico le llamó tanto la atención que decidió ir a aquella torre para investigar lo que pasaba. Cuando llegó, vio que la torre era tan alta que ni un gigante la superaba. Entonces, decidió escalarla. Como la torre era de piedra, la ropa se le quedaba enganchada en aquel trozo de piedra gigante. Siguió escalando hasta que llegó a la mitad de la torre, cuando encontró un trozo de piel de un pasamontaña, asustado, intentó retroceder, cuando de repente escuchó otro grito de aquella bella mujer. Este último grito, hizo pensar al hombre, de que él era valiente, que él era un príncipe. Comenzó a subir hasta que llegó a la cima, donde se encontraba la única entrada a la torre, una pequeña ventana. De repente, al asomarse por la ventana, encontró a la chica, atada a una silla y aquel hombre que poseía el pasamontaña. El hombre no se asustó, y decidió actuar, cogió al bandido por la muñeca, y lo voleó hasta que vomitase la comida del año pasado. Cuando el hombre terminó con el bandido, decidió desamarrar a la bella mujer, pero cuando se giró, no la encontró, es más, se había escapado. El hombre se preguntó, donde había acabado aquella chica. El hombre descendió de la torre, y ahí estaba la chica, sentada esperando a que acabara la pelea. El hombre sorprendido, le preguntó como había escapado. Y la chica, sin ninguna duda, le dijo:
Chico, príncipe, o como te llamen, mientras tú y tu amigo os estabais peleando, yo aproveché, y con mi fuerza interna, rompí la cuerda, tan fuerte que hasta la mesa se volcó.
Y el chico, impresionado, le dijo: "Nada es lo que parece".
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